El texto analiza la creciente disputa en torno al sentido de la educación en un contexto marcado por el avance de las políticas y discursos neoliberales y por el auge de posiciones reaccionarias. Los autores identifican dos modelos educativos que avanzan en direcciones diferentes: uno que entiende la educación fundamentalmente como inversión individual y bien privado, vinculado a las necesidades del mercado; y otro que la concibe como derecho universal y bien común, relacionada con la emancipación, la justicia social y la participación democrática.
Desde esta perspectiva, la educación se convierte en uno de los principales terrenos de la llamada “batalla cultural”. El texto analiza algunos de los mecanismos mediante los cuales determinados valores —competitividad, meritocracia, emprendimiento, individualismo o adaptación al mercado— van adquiriendo apariencia de sentido común y plantea la necesidad de construir una pedagogía del bien común basada en el pensamiento crítico, los derechos humanos, la inclusión, la cooperación, la democracia y la capacidad de transformar la realidad.
Referencia
Díez-Gutiérrez, E.-J., & Jarquín-Ramírez, M.-R. (2025). Resistir el asedio: Por una pedagogía del bien común. En V. Martagón Vázquez, V. A. Quintanilla Batallanos, & E. Luque Henares (Eds.), Educrítica ’25. Por una educación pública para la transformación social. Libro de actas del 4.º Congreso Internacional Educación Crítica e Inclusiva (pp. 17–22). https://drive.google.com/file/d/1dxU08iwRTDtkNQcVxp0vRN_LDZYEW9zj/view

Mi lectura
Hay textos que hablan de educación y hay textos que, además, intentan discutir para qué queremos educar. Este pertenece claramente al segundo grupo.
“Resistir el asedio” parte de una tesis fuerte: la educación no es un territorio neutral. En ella se ponen en juego diferentes maneras de entender a las personas, la sociedad y el mundo que queremos construir. Los autores plantean esa disputa desde la contraposición entre educación como inversión y educación como bien común.
Más allá de compartir o no todas las formulaciones del texto, creo que ahí hay una cuestión especialmente interesante para la educación ecosocial: ¿qué ocurre cuando dejamos de preguntarnos solamente qué debe aprender el alumnado y empezamos a preguntarnos qué sentido tiene educar?
Por qué me parece interesante
Porque devuelve la mirada al sentido de la educación.
En educación hablamos continuamente de competencias, resultados, metodologías, innovación, evaluación o empleabilidad. Son cuestiones importantes, pero podemos acabar olvidando una pregunta previa: ¿para qué hacemos todo esto?
El texto obliga a volver a esa pregunta y a reconocer que detrás de las políticas educativas, de las prácticas escolares y hasta del lenguaje que utilizamos para hablar de educación existen determinadas concepciones de sociedad.
Porque señala que el sentido común también se educa.
Uno de los aspectos que más me interesa del artículo es la idea de que determinadas formas de pensar pueden llegar a parecer naturales: competir, esforzarse individualmente, entenderse como una empresa de una misma, medir el éxito mediante resultados o considerar que la educación debe responder prioritariamente a las necesidades del mercado.
Los autores plantean que esa construcción del sentido común no ocurre únicamente dentro de las aulas. También intervienen los medios de comunicación, las redes sociales, las instituciones y otros agentes sociales.
Y porque sitúa el bien común como una cuestión educativa.
Entender la educación como bien común implica desplazar el foco desde el rendimiento individual hacia aquello que construimos colectivamente: derechos, convivencia, participación, cooperación, justicia social y democracia.
No se trata simplemente de añadir nuevos contenidos, sino de preguntarnos qué tipo de relaciones y de ciudadanía estamos contribuyendo a construir mediante nuestras prácticas educativas.
Algunas pistas para leerlo
Propongo acercarse al texto desde tres preguntas:
1. ¿Qué ideas sobre el éxito, el esfuerzo y la vida buena transmite nuestra educación, incluso cuando no aparecen explícitamente en el currículo?
2. ¿Qué cosas hemos convertido en “sentido común” dentro de la escuela y podríamos volver a discutir?
3. ¿Qué significa realmente considerar la educación un bien común?
Esta última pregunta quizá sea la más interesante, porque permite pasar de una declaración de principios a cuestiones muy concretas: cómo se organiza un centro, quién participa en las decisiones, qué relaciones establece con su entorno, qué conocimientos considera valiosos o qué lugar concede a la cooperación frente a la competencia.
Una mirada ecosocial
La conexión con la educación ecosocial aparece, sobre todo, cuando ampliamos la idea de bien común.
La crisis ecosocial obliga a cuestionar una educación construida alrededor de individuos aislados, consumidores y futuros trabajadores, porque nuestras vidas no funcionan así. Dependemos de otras personas, de comunidades y de sistemas naturales que hacen posible nuestra existencia.
Por eso, una educación que quiera poner la vida en el centro difícilmente puede limitarse a preparar para adaptarse al mundo tal como está. Necesita también proporcionar herramientas para comprenderlo, discutirlo y participar en su transformación.
Desde esta perspectiva, la crítica a la mercantilización de la educación y la educación ecosocial se encuentran en un punto importante: ambas preguntan qué modelo de vida, de sociedad y de relaciones estamos contribuyendo a reproducir cuando educamos.
Para el aula
El texto puede ser especialmente sugerente para trabajar con alumnado adolescente o universitario a partir de situaciones próximas:
- ¿Para qué sirve estudiar? Recoger respuestas y analizar cuánto pesan ideas como conseguir trabajo, ganar dinero, tener éxito, vivir mejor, contribuir a la sociedad o desarrollar capacidades.
- ¿Qué entiende nuestra escuela por éxito? Investigar qué indicadores utilizamos para hablar de que un centro, una clase o una persona “funciona bien”.
- ¿Qué tenemos en común? Identificar bienes que no pueden entenderse únicamente desde la lógica de la propiedad individual —educación, salud, cuidados, espacios públicos, agua, biodiversidad…— y debatir qué responsabilidades colectivas implican.
La clave no estaría en conducir al alumnado hacia una respuesta determinada, sino en hacer visible aquello que normalmente damos por supuesto.
Para profundizar
El propio texto puede leerse junto a otros trabajos sobre educación como bien común y educación crítica. En sus referencias aparecen, entre otros, los trabajos de Carlos Cascante sobre educación como bien común y de los propios Díez-Gutiérrez y Jarquín-Ramírez sobre política educativa, justicia social y políticas educativas de la extrema derecha.
También resulta interesante poner este texto en diálogo con la educación ecosocial: si el bien común constituye una alternativa a una concepción individualista y mercantilizada de la educación, ¿qué aporta la perspectiva de la ecodependencia, la interdependencia y la centralidad de la vida a esa conversación?
Quizá esa sea una de las preguntas que merece la pena llevarse después de la lectura.
JoseManuGB, septiembre 2026

