(Estamos en actualización constante)
LA VIDA EN EL CENTRO
En pocas palabras
En pocas palabras…
Poner la vida en el centro significa situar el cuidado y la reproducción de la vida —humana y no humana— como criterio fundamental para orientar nuestras decisiones y nuestra forma de organizarnos.
Significa preguntarnos, antes que nada, si aquello que hacemos contribuye a sostener la vida o, por el contrario, la deteriora.
Porque producir más, consumir más o crecer económicamente no tienen sentido si para conseguirlo destruimos las condiciones que hacen posible la vida.
Para profundizar
Vivimos en sociedades que ponen la economía en el centro. Otorgan frecuentemente mayor valor a la producción, el crecimiento, el consumo y la rentabilidad en detrimento de los elementos esenciales que sostienen la vida cotidiana.
No obstante, la vida requiere de múltiples factores que a menudo permanecen invisibles y, por tanto, desatendidos, tales como la salud de los ecosistemas, la disponibilidad de agua, la producción de alimentos, la fertilidad del suelo, la biodiversidad, los cuidados, las relaciones humanas, el tiempo, los afectos y el tejido comunitario.
Reorientar el enfoque hacia la centralidad de la vida implica una modificación tanto de la perspectiva como de las prioridades.
Este cambio de paradigma subraya nuestra integración en la naturaleza y la dependencia de sus recursos (ecodependencia), así como la necesidad de interacciones humanas y el requerimiento universal de cuidados a lo largo del ciclo vital (interdependencia).
En consecuencia, la priorización de la vida establece un vínculo directo entre las problemáticas ecológicas y las de índole social.
Nos hace pensar en…
Poner la vida en el centro significa cambiar el lugar desde el que miramos el mundo.
Nos invita a preguntarnos qué necesitamos para que la vida pueda sostenerse y desarrollarse, no solo la nuestra, sino la del conjunto de seres con los que compartimos la biosfera. Porque la vida humana no está separada de la trama que la sostiene: dependemos del agua, del suelo, del aire, de los ecosistemas, de otros seres vivos y también de otras personas.
Esta mirada nos lleva a cuestionar una idea muy arraigada: que la economía, la política o el bienestar social pueden funcionar al margen de las condiciones que hacen posible la vida. ¿Qué sentido tiene una economía que crece mientras deteriora aquello de lo que depende? ¿Qué significa progreso cuando pone en riesgo las condiciones que sostienen la existencia?
También nos hace mirar hacia aquello que suele permanecer invisible: los cuidados, los trabajos que sostienen la vida cotidiana, los límites de la biosfera, los seres vivos con los que compartimos territorio y las relaciones de dependencia que nos unen.
Poner la vida en el centro no consiste, por tanto, en añadir «la naturaleza» a nuestras preocupaciones. Consiste en cambiar el criterio desde el que pensamos nuestras decisiones: preguntarnos si contribuyen a sostener y cuidar la trama de la vida o si la deterioran.
Término relacionado con: Ecodependencia · Interdependencia · Cuidados · Biodiversidad · Justicia ecosocial · Ecofeminismo · Límites planetarios · Transición ecosocial
Una pregunta para el aula
¿Qué cosas hacen posible nuestra vida cotidiana y qué personas, seres vivos y ecosistemas están detrás de ellas?
A partir de esta pregunta podemos seguir el rastro de algo tan cotidiano como un desayuno, una camiseta, un teléfono móvil o el agua que bebemos.
¿Qué necesitamos para que exista?
¿Quién lo produce?
¿Qué recursos naturales utiliza?
¿Quién realiza los trabajos necesarios?
¿Qué impactos genera?
Y, finalmente:
¿Qué cambiaría si nuestras decisiones tuvieran como prioridad sostener la vida?
Para seguir
- Hezekos, 2026. Miradas ecosociales: glosario visual. La vida en el centro.
- Hezekos, 2025. Diccionario de Educación Ecosocial. Para profundizar en el concepto y sus conexiones.
- Ecotono red: Propuestas didácticas para participar poniendo la vida en el centro. lavidaenelcentro.ecotonored.es/recursos/propuestas-didacticas-para-participar-poniendo-la-vida-en-el-centro-construyendo-realidades-desde-la-epd/.
- Red educadores y educadoras para una ciudadanía global (2020). La vida en el centro del centro. Itinerario para educarnos en la Pedagogía de los Cuidados. Intermon-Oxfam. www.kaidara.org/wp-content/uploads/2022/03/La-vida-en-el-centro-del-CENTRO-1-1.pdf.
ECODEPENDENCIA
En pocas palabras
No somos seres independientes de la naturaleza. Somos naturaleza.
La ecodependencia nos recuerda algo que a veces olvidamos porque nuestra vida cotidiana nos lo pone muy fácil de olvidar: todo lo que necesitamos para vivir procede, directa o indirectamente, de la trama de la vida.
El agua que bebemos, los alimentos que comemos, el aire que respiramos, los materiales de nuestras casas y de nuestros teléfonos, la energía que utilizamos… Todo tiene detrás un territorio, unos ecosistemas, unos seres vivos y unos procesos naturales.
Dependemos de ellos aunque muchas veces no los veamos.
No somos dueños de la trama de la vida. Somos una parte de ella.
Para profundizar
La palabra ecodependencia une eco, de ecología, y dependencia. Y quizá la palabra «dependencia» nos incomode un poco. Estamos acostumbrados a pensar en nosotros mismos como personas autónomas, independientes, capaces de resolver nuestra vida por nuestros propios medios.
Pero basta con detenernos un momento para descubrir que esa imagen no se sostiene.
Dependemos del suelo para obtener alimentos, del agua para vivir, de las plantas para producir oxígeno, de los ecosistemas para regular el clima, de otros seres vivos para mantener los ciclos que hacen posible nuestra existencia.
Y dependemos también de que todo ello pueda seguir funcionando.
La ecodependencia nos recuerda, por tanto, que formamos parte de la biosfera y estamos sometidos a sus condiciones y a sus límites. No podemos consumir agua, materiales o energía como si fueran infinitos. Tampoco podemos generar residuos indefinidamente esperando que la naturaleza los haga desaparecer.
Esto tiene consecuencias importantes.
Si dependemos de la naturaleza, cuidar la naturaleza no es un gesto de generosidad hacia algo que está fuera de nosotros. Es una cuestión de supervivencia y, también, de justicia.
Por eso la ecodependencia cuestiona una idea muy arraigada en nuestra cultura: que los seres humanos estamos por encima de la naturaleza y podemos utilizarla a nuestra conveniencia.
Somos parte de ella.
Y vivir bien significa aprender a ajustar nuestras necesidades y nuestras actividades a los límites y los ritmos de la biosfera.
Nos hace pensar en…
La ecodependencia nos recuerda algo que nuestra forma de vida suele esconder: no estamos fuera de la naturaleza ni podemos vivir al margen de ella. Somos naturaleza y dependemos de unas condiciones ecológicas concretas para existir: agua, aire, alimentos, suelo, energía, materiales, clima estable y una enorme red de relaciones entre seres vivos.
Nos hace preguntarnos qué ocurre cuando olvidamos esos vínculos. Cuando actuamos como si los recursos fueran infinitos, como si los residuos desaparecieran sin más o como si los ecosistemas pudieran soportar indefinidamente nuestras formas de producción y consumo.
También nos lleva a mirar de otra manera la idea de progreso. ¿Puede considerarse progreso aquello que deteriora las condiciones que hacen posible la vida? ¿Qué sucede cuando una economía pretende crecer indefinidamente dentro de una biosfera que tiene límites?
Y, sobre todo, la ecodependencia nos invita a superar la mirada antropocéntrica: no se trata solamente de conservar la naturaleza porque la necesitamos, sino de reconocernos como parte de la trama de la vida y ajustar nuestra forma de habitar el planeta a sus ciclos, límites y diversidad.
Término relacionado con: La vida en el centro · Interdependencia · Biodiversidad · Límites planetarios · Crisis ecosocial · Cuidados · Antropocentrismo · Decrecimiento · Justicia ecosocial
Una pregunta para el aula
¿De qué depende nuestra vida aunque normalmente no nos demos cuenta?
Podemos empezar por algo tan sencillo como un desayuno.
¿De dónde viene el agua?
¿De dónde proceden los alimentos?
¿Qué suelo, agua y energía han sido necesarios para producirlos?
¿Qué otros seres vivos han intervenido?
¿Quién ha realizado los trabajos necesarios para que lleguen hasta nuestra mesa?
¿Y qué ocurre con todo aquello que desechamos?
Podemos hacer lo mismo con nuestra ropa, nuestra vivienda, nuestro teléfono móvil o cualquier otro objeto cotidiano.
La intención no es hacer una lista interminable de impactos, sino hacer visible lo que normalmente permanece oculto.
Porque cuando empezamos a descubrir de qué depende nuestra vida, también empezamos a comprender que nuestra forma de vivir tiene consecuencias sobre aquello de lo que dependemos.
Para seguir
- Hezekos, 2026. Miradas ecosociales: glosario visual. Ecodependencia.
- Hezekos, 2025. Diccionario de Educación Ecosocial. Para profundizar en el concepto y sus conexiones.
- Federación de Movimientos de Renovación Pedagógica (MRPs) de Madrid y Ecologistas en Acción. 99 galdera eta 99 esperientzia mundu bidezko eta iraunkor batean bizitzen ikasteko www.ecologistasenaccion.org/wp-content/uploads/adjuntos-spip/pdf/99-preguntas-euskara.pdf / 99 preguntas y 99 experiencias para aprender a vivir en un mundo justo y sostenible www.ecologistasenaccion.org/20300/99-preguntas-99-experiencias-aprender-vivir-mundo-justo-sostenible/.
- Fuhem (2020). Gaia. Una mirada ecosocial e interdisciplinar www.fuhem.es/2020/10/30/lo-que-la-tierra-tiene-que-ensenarnos/.
- Guakía Ambiente. ¿Qué es la ecodependencia? : descubre por qué nuestra vida depende del equilibrio con la naturaleza. bvearmb.do/handle/123456789/6258?locale-attribute=es.
INTERDEPENDENCIA
En pocas palabras
Vivimos gracias a otras vidas y otras personas. Y otras vidas y otras personas también dependen de nosotros.
La interdependencia es esa relación de dependencia recíproca que atraviesa nuestra existencia. No somos seres aislados que, de vez en cuando, necesitamos ayuda. Desde que nacemos hasta que morimos formamos parte de una red de relaciones que nos sostiene: necesitamos cuidados, alimentos, agua, aire, otros seres vivos, ecosistemas y comunidades.
La cultura occidental ha tendido a valorar mucho la independencia, la autonomía y la autosuficiencia. Pero la Educación Ecosocial nos invita a mirar esa idea con otros ojos. Ser autónomos no significa ser autosuficientes. Podemos tomar nuestras propias decisiones y, al mismo tiempo, reconocer que nuestra vida solo es posible gracias a muchas otras vidas.
La interdependencia nos recuerda, por tanto, que vivir es estar en relación.
Para profundizar
La interdependencia tiene una dimensión humana muy evidente: necesitamos a otras personas.
Las criaturas humanas nacemos especialmente vulnerables y durante mucho tiempo dependemos de quienes nos cuidan. Después, a lo largo de la vida, vamos alternando diferentes posiciones: cuidamos, somos cuidados, enseñamos, aprendemos, acompañamos y necesitamos acompañamiento. La dependencia no es una excepción que afecta únicamente a algunas personas. Es parte de nuestra condición.
Sin embargo, buena parte de los trabajos que hacen posible nuestra vida han permanecido invisibles. Cocinar, limpiar, criar, acompañar a quien enferma, atender a personas mayores, escuchar o sostener emocionalmente a otras personas son tareas imprescindibles que históricamente han recaído de manera desigual sobre las mujeres.
Por eso, hablar de interdependencia también significa hablar de cuidados y de justicia. Reconocer que necesitamos a otras personas obliga a preguntarnos quién cuida, en qué condiciones, quién recibe esos cuidados y por qué unas tareas imprescindibles para la vida tienen tan poco reconocimiento social.
Pero nuestra red de dependencias no termina en las relaciones humanas.
También somos interdependientes con el resto de seres vivos. Una planta depende de los organismos del suelo; un bosque, de innumerables relaciones entre especies; los polinizadores y las plantas se necesitan mutuamente. La vida no es una colección de piezas independientes, sino una trama de relaciones en constante interacción.
Aquí la interdependencia se encuentra con la ecodependencia. Dependemos de la biosfera y, al mismo tiempo, nuestras acciones modifican las condiciones en las que viven otros seres. Por eso no podemos pensar la crisis ecológica y la crisis social como problemas separados.
La mirada ecosocial cuestiona así una idea muy arraigada: la del individuo autosuficiente, separado de la naturaleza y de los demás. Frente a ella propone reconocer nuestra vulnerabilidad, nuestra capacidad de cuidar y ser cuidados y nuestra responsabilidad dentro de una red de relaciones.
Y esto no significa renunciar a la autonomía. Al contrario: se trata de construir una autonomía que no se confunda con aislamiento. Una autonomía capaz de convivir con otras autonomías, desde la cooperación y el apoyo mutuo. No poder sobre las demás personas, sino poder con las demás personas.
Nos hace pensar en…
La interdependencia nos hace pensar que nadie ni nada existe de manera aislada.
Nuestra vida depende de otras personas, de los cuidados que recibimos y ofrecemos y de una compleja red de relaciones con otros seres vivos y con los ecosistemas que sostienen la vida. Nos invita a reconocer que somos seres vulnerables y relacionales, y que el bienestar individual está estrechamente ligado al bienestar colectivo y al del conjunto de la comunidad de vida.
También nos lleva a preguntarnos cómo organizamos nuestras sociedades, qué relaciones de poder atraviesan esas dependencias y qué podemos hacer para construir relaciones basadas en el cuidado, la reciprocidad y la cooperación.
Término relacionado con: Ecodependencia · La vida en el centro · Cuidados · Ecofeminismo · Antropocentrismo · Comunidad · Justicia ecosocial · Límites planetarios.
Una pregunta para el aula
¿Qué personas, otros seres vivos y elementos de la naturaleza hacen posible un día cualquiera de nuestra vida?
Podemos escoger algo aparentemente sencillo —un desayuno, una camiseta, llegar al centro educativo, beber un vaso de agua— y reconstruir la red de relaciones que lo hace posible.
La actividad puede terminar con una segunda pregunta, quizá más incómoda:
¿Qué reciben esas personas, esos seres vivos y esos territorios de nosotros a cambio?
El objetivo no es elaborar una lista de «buenas acciones», sino hacer visible la red de dependencias que normalmente queda escondida y preguntarnos si esas relaciones son justas, equilibradas y compatibles con la vida.
Para seguir
- [Vídeo] RTVE-El bosque habitado. Somos radicalmente interdependientes. www.rtve.es/play/audios/el-bosque-habitado/bosque-habitado-somos-radicalmente-interdependientes-13-01-19/4937026/.
- [Vídeo] Sustainable Human. Cómo los lobos cambiaron los ríos. youtube.com/watch?v=lixMoek2Uv8.
- Ajuntament de Barcelona. ¿Qué son los cuidados? | Ciudad cuidadora. www.barcelona.cat/ciutatcuidadora/es/que-son-los-cuidados.
- Fuhem (2021). El amor. Situaciones de aprendizaje.
- Fuhem (2021). Aprender de la Historia de los siglos XX y XXI. Situaciones de aprendizaje.
BIODIVERSIDAD
En pocas palabras
La biodiversidad es la diversidad de la vida.
No se refiere solamente a cuántas especies existen. Incluye también la diversidad que existe dentro de cada especie, las diferentes especies que conviven y los distintos ecosistemas que forman la biosfera.
Pero hay algo más importante todavía: la biodiversidad no es un simple inventario de seres vivos. Es también la enorme red de relaciones que existe entre ellos.
La vida es diversa porque está conectada.
Y esa diversidad es una de las características que hacen posible que la vida continúe, se adapte y se transforme.
La biodiversidad no es una colección de vidas separadas. Es la diversidad de relaciones que hace posible la trama de la vida.
Para profundizar
ndo pensamos en biodiversidad solemos pensar en animales y plantas. Un bosque lleno de árboles, pájaros, insectos, hongos… Pero la diversidad de la vida es mucho más amplia.
Hay diversidad dentro de las especies, porque no todos los individuos son iguales.
Hay diversidad entre las especies, porque en un mismo territorio pueden convivir multitud de formas de vida.
Y hay diversidad entre ecosistemas, porque un bosque, un río, una marisma, un arrecife o un suelo son mundos diferentes, llenos de relaciones y condiciones particulares.
Pero estas tres dimensiones no están separadas.
Un ecosistema no es simplemente un lugar donde se acumulan muchas especies. Es una trama de relaciones: alimentación, competencia, cooperación, polinización, descomposición, reproducción, refugio…
Si desaparece una especie, pueden desaparecer también relaciones, funciones y posibilidades para muchas otras.
Por eso, cuando perdemos biodiversidad no estamos perdiendo solamente «animales y plantas».
Estamos simplificando la trama de la vida.
Y eso importa.
Porque la biodiversidad contribuye a que los ecosistemas sean capaces de afrontar cambios y perturbaciones. Pero también porque cada especie, cada población y cada ecosistema forma parte de una historia evolutiva que no podemos recuperar una vez destruida.
Desde una mirada ecosocial, además, hay una pregunta que merece la pena hacerse:
¿Por qué consideramos que algunas formas de vida tienen derecho a existir solamente si resultan útiles para nosotros?
La biodiversidad nos invita a cuestionar esa mirada.
Nos hace pensar en…
La biodiversidad nos invita a mirar la vida como una trama de diferencias y relaciones, y no como un conjunto de especies aisladas. La diversidad genética, la diversidad de especies y la diversidad de ecosistemas forman parte de una complejidad que permite que la vida se adapte, se transforme y continúe.
También nos hace pensar en todo lo que desaparece cuando esa diversidad se empobrece. La pérdida de una especie no es solamente la desaparición de un ser vivo: puede significar la ruptura de relaciones, de ciclos y de equilibrios construidos a lo largo de muchísimo tiempo. Cuando desaparece diversidad, también se reducen las posibilidades de la vida.
La biodiversidad nos lleva además a cuestionar una mirada demasiado centrada en nuestra especie. ¿Por qué tendemos a valorar a los seres vivos según aquello que nos aportan? ¿Qué ocurre cuando pensamos que una especie «sirve» si nos proporciona alimento, materiales o algún otro beneficio, pero que carece de valor cuando no encontramos una utilidad para ella?
Reconocer la biodiversidad supone, por tanto, reconocer el valor de la vida en su diversidad, no únicamente por los beneficios que podamos obtener de ella. Y también asumir que formamos parte de esa diversidad, no estamos fuera de ella.
Por eso, cuidar la biodiversidad no consiste solamente en proteger algunas especies amenazadas. Implica revisar las formas de producir, consumir y ocupar los territorios que están empobreciendo la trama de la vida.
Término relacionado con: La vida en el centro · Ecodependencia · Interdependencia · Antropocentrismo · Complejidad · Límites planetarios · Crisis ecosocial · Territorio · Justicia ecosocial
Una pregunta para el aula
¿Qué pasaría si desapareciera una especie de nuestro entorno?
Podemos empezar por algo cercano: un bosque, un río, una huerta, un parque, la playa o incluso el patio del centro.
Elegimos una especie —un árbol, un insecto, un ave, un hongo…— y seguimos su rastro.
¿De qué se alimenta?
¿Quién se alimenta de ella?
¿Dónde vive?
¿Con qué otras especies se relaciona?
¿Qué condiciones necesita?
¿Quién depende de ella?
¿Qué ocurriría si desapareciera?
El objetivo no es llegar a una respuesta sencilla del tipo «esta especie es útil porque…».
Es intentar descubrir hasta qué punto la vida está conectada con otra vida.
Y después podemos dar un paso más:
¿Qué ocurre cuando somos nosotros quienes transformamos un ecosistema hasta hacerlo inhabitable para otras formas de vida?
Para seguir
- Hezekos, 2026. Miradas ecosociales: glosario visual. Biodiversidad.
- Hezekos, 2025. Diccionario de Educación Ecosocial. Para profundizar en el concepto y sus conexiones.
- Fuhem. ¿Dónde están los peces de nuestro río? Situación de aprendizaje para Primaria. tiempodeactuar.es/blog/donde-estan-los-peces-de-nuestro-rio/.
- Fuhem. ¿Hay animales que no sirven para nada? Situación de aprendizaje para Secundaria. tiempodeactuar.es/blog/hay-animales-que-no-sirven-para-nada-situacion-de-aprendizaje-para-secundaria/
- Fuhem. Explorando vínculos entre la biodiversidad y la calidad de vida. www.fuhem.es/2024/03/08/explorando-vinculos-entre-la-biodiversidad-y-calidad-de-vida/.
- Berde berdea. Bioaniztasuna youtu.be/TmD5g4PbHow?si=ONw3E8umVNcmpnnA / Biodiversidad youtu.be/ryR5uLhUwNU?si=j94lLjTiMXYpOmoX.
ANTROPOCENO
En pocas palabras
El Antropoceno es una forma de nombrar un tiempo en el que la actividad humana ha adquirido una capacidad enorme para transformar la Tierra.
La palabra procede del griego anthropos —ser humano— y kainos —nuevo, reciente—. El concepto nació para describir la posibilidad de que estemos entrando en una nueva época geológica, posterior al Holoceno, debido a la magnitud de las transformaciones provocadas por nuestra actividad sobre la biosfera.
Pero hay algo importante: no todas las personas ni todas las sociedades han contribuido de la misma manera a esas transformaciones. Por eso, desde una mirada ecosocial, hablar simplemente de «impacto humano» puede ocultar las relaciones económicas, políticas y sociales que están detrás de la crisis.
El Antropoceno puede ser, así, mucho más que el nombre de una posible época geológica: puede ayudarnos a pensar qué ha ocurrido para que una especie haya llegado a alterar los grandes ciclos de la Tierra y qué relaciones sociales y económicas han hecho posible ese proceso.
Para profundizar
Durante miles de años, las sociedades humanas transformaron los territorios en los que vivían, pero la magnitud de esas transformaciones era limitada en comparación con la capacidad actual de nuestra especie.
Con la industrialización y, especialmente, con la expansión mundial del sistema urbano-agro-industrial y del capitalismo, esa capacidad se multiplicó. La atmósfera, los océanos, los suelos, los usos del territorio y la propia biosfera comenzaron a experimentar transformaciones de una escala difícil de comparar con las anteriores.
Hay huellas muy concretas de este proceso: aumento del CO₂ atmosférico, residuos de la industria pesada, cemento, aluminio, plásticos y microplásticos, alteraciones de los usos del suelo o incluso los restos de las explosiones nucleares. Son materiales y señales que pueden permanecer en los estratos de la Tierra.
De ahí la provocadora afirmación de que la humanidad se ha convertido en una fuerza geológica global.
El concepto fue utilizado informalmente en los años ochenta por el biólogo Eugene Stoermer y adquirió notoriedad cuando Paul Crutzen lo propuso públicamente en el año 2000.
Pero aquí aparece una cuestión interesante: el Antropoceno no está reconocido actualmente como una época geológica oficial. Después de décadas de debate científico, la propuesta no fue aceptada formalmente, aunque el término continúa teniendo una enorme capacidad para describir y provocar reflexión sobre el momento histórico que vivimos.
Y quizá ahí esté precisamente una de sus mayores riquezas educativas.
Porque el término abre preguntas que van mucho más allá de la geología.
¿Es correcto hablar de «la humanidad» como responsable de la crisis? ¿Quién ha tenido más capacidad para transformar el planeta? ¿Quién se ha beneficiado de ello? ¿Quién está sufriendo más sus consecuencias?
De estas preguntas surgen otras formas de nombrar el presente. Capitaloceno, por ejemplo, pone el foco en el sistema capitalista como motor de la transformación planetaria; Tecnoceno, en el papel de la tecnología; y otras propuestas, como Chthuluceno, intentan desplazar todavía más el foco del ser humano para reconocer la multitud de seres y fuerzas que participan en la historia de la Tierra.
Por eso, más que quedarnos con una etiqueta, puede ser interesante utilizar el Antropoceno como una herramienta para aprender a mirar las relaciones entre humanidad, naturaleza, economía, tecnología y poder.
Nos hace pensar en…
El Antropoceno nos coloca ante una paradoja.
Por un lado, muestra hasta qué punto nuestra especie tiene capacidad para transformar las condiciones de vida del planeta.
Por otro, nos recuerda algo que la mirada antropocéntrica suele olvidar: tener capacidad para transformar la biosfera no significa estar fuera de ella.
Seguimos dependiendo del agua, del aire, de los suelos, de los ecosistemas y de los innumerables seres vivos con los que compartimos la Tierra.
También nos hace pensar en la responsabilidad.
Si nuestras acciones tienen consecuencias planetarias, necesitamos preguntarnos quién decide sobre ellas y con qué criterios. No es lo mismo una comunidad que intenta satisfacer sus necesidades básicas que una empresa que extrae millones de toneladas de materiales para obtener beneficios. No es lo mismo consumir lo necesario que construir un sistema económico basado en el crecimiento permanente.
Por eso, una mirada ecosocial sobre el Antropoceno no se limita a decir:
«La humanidad está destruyendo el planeta».
La pregunta es más incómoda:
¿Qué modelo de sociedad ha construido una capacidad de transformación tan enorme y tan desigual?
Y hay otra pregunta todavía más profunda:
¿Qué tendría que cambiar para que nuestra capacidad de transformar la Tierra dejara de estar orientada contra las condiciones que sostienen la vida?
Término relacionado con: Antropocentrismo · Crisis ecosocial · Gran Aceleración · Ecodependencia · Límites planetarios · Capitaloceno · Biodiversidad · Transición ecosocial.
Una pregunta para el aula
Si el ser humano tiene capacidad para transformar la Tierra a escala planetaria, ¿significa eso que todas las personas somos igualmente responsables de lo que está ocurriendo?
Puede ser interesante comenzar haciendo una lista de algunas de las grandes transformaciones asociadas al Antropoceno: cambio climático, pérdida de biodiversidad, contaminación, transformación de los usos del suelo, extracción de materiales…
Después, investigar quiénes toman las decisiones, quiénes se benefician, quiénes soportan las consecuencias y qué alternativas existen.
La actividad permite pasar de una explicación genérica basada en «la acción humana» a una lectura más compleja, en la que aparecen sistemas económicos, relaciones de poder, desigualdades, decisiones políticas, tecnologías y formas de consumo.
Y, sobre todo, evita que el alumnado termine pensando que «todos contaminamos por igual» y, por tanto, que todas las responsabilidades son equivalentes.
Para seguir
- FUHEM:Cómo educar en el Antropoceno. I Jornadas de Educación Ecosocial. www.youtube.com/live/PB1fhBguJRE?si=5lIaQOnlOzYEV9N2.
- FUHEM:La Gran Aceleración: un despegue que desequilibró nuestro planeta. www.fuhem.es/media/cdv/file/biblioteca/Tiempo_Actuar/2019/La-Gran-Aceleracion.pdf.
- Teknopolis (EITB):Antropozenoa, aro geologiko berria? www.eitb.eus/eu/telebista/programak/teknopolis/bideoak/osoa/2103844/bideoa-geologia-antropozenoa-aro-geologiko-berria/.
- Stockholm Resilience Centre: recursos sobre los cambios en el sistema Tierra. www.stockholmresilience.org/.
ANTROPOCENTRISMO
En pocas palabras
Poner a los seres humanos en el centro y considerar que la naturaleza está, fundamentalmente, a nuestro servicio. El antropocentrismo atribuye un valor especial a las necesidades e intereses humanos y puede llevar a entender los demás seres vivos y los elementos de la naturaleza como recursos para nuestro beneficio.
Para profundizar
Durante siglos, especialmente en la cultura occidental, hemos construido una relación con la naturaleza basada en la separación entre «humanidad» y «naturaleza», situando a la primera por encima de la segunda. Esta mirada considera que los seres humanos somos el centro y que los demás seres vivos, los ecosistemas y los bienes naturales tienen valor principalmente por su utilidad para nosotros.
El antropocentrismo ha acompañado el desarrollo de un modelo social y económico basado en extraer, transformar y consumir la naturaleza, como si sus recursos fueran ilimitados y sus capacidades de regeneración no tuvieran límites.
Esta forma de pensar también influye en nuestras decisiones cotidianas y colectivas: qué producimos, qué consumimos, qué territorios protegemos y cuáles sacrificamos. Frente a ella, el biocentrismo y el ecofeminismo cuestionan la idea de superioridad humana y proponen reconocer el valor propio de la vida, nuestra ecodependencia y la necesidad de establecer relaciones más justas y cuidadosas con el resto de seres vivos.
Por otra parte, en contraposición a esta postura moral, se pueden identificar el «antropocentrismo débil», el «antropocentrismo fuerte», el «biocentrismo» y el «ecofeminismo». El antropocentrismo débil prioriza los intereses de la humanidad como colectividad sobre los intereses individuales, recurriendo a la razón para discernirlos. En ocasiones, se le denomina antropocentrismo sabio cuando la asignación de recursos se rige por principios de justicia y considera el bienestar de la biosfera a largo plazo. La adopción de esta perspectiva implicaría modificaciones sustanciales en nuestras actitudes colectivas hacia el medio ambiente. No obstante, su aplicación práctica hasta la fecha ha arrojado resultados limitados, al abordar los problemas de manera superficial sin indagar en sus causas subyacentes.
La centralidad de la perspectiva antropocéntrica reside en el futuro de la humanidad, atribuyéndole a esta la responsabilidad sobre el porvenir del planeta. Esta concepción ha ejercido una influencia predominante en la cultura occidental hasta la actualidad.
Nos hace pensar en…
Una pregunta para el aula
Para seguir
CRISIS ECOSOCIAL
En pocas palabras
La crisis ecosocial es una crisis global y multidimensional que afecta al mismo tiempo a los ecosistemas y a las sociedades humanas. Incluye fenómenos como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de recursos, las desigualdades sociales, las crisis energética y económica o la crisis de cuidados.
No son problemas aislados. Están conectados entre sí y tienen raíces comunes en una forma de producir, consumir y organizar la sociedad que sobrepasa los límites del planeta y genera profundas desigualdades. Por eso, hablar de crisis ecosocial implica mirar el conjunto y preguntarnos no solo qué está ocurriendo, sino también por qué ocurre, quiénes se benefician y quiénes soportan sus consecuencias.
Para profundizar
Para entenderlo
La crisis ecosocial no es simplemente una suma de problemas ambientales y sociales que suceden al mismo tiempo. Es una crisis sistémica, relacionada con la forma en que nuestras sociedades producen, consumen, se organizan y se relacionan con la naturaleza. La crisis climática, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de materiales y energía, la contaminación, las desigualdades económicas, las crisis alimentarias o la crisis de cuidados forman parte de una misma trama.
Estas dimensiones se retroalimentan. Por ejemplo, una sequía puede reducir las cosechas, encarecer los alimentos, aumentar la pobreza y provocar conflictos o desplazamientos. A su vez, quienes disponen de menos recursos suelen tener menor responsabilidad en la generación de estos impactos y, sin embargo, son quienes más sufren sus consecuencias. La crisis es, por tanto, también una cuestión de justicia social y ambiental.
Comprenderla exige preguntarnos por sus causas y no limitarse a gestionar sus consecuencias. El problema no reside únicamente en determinados comportamientos individuales, sino en un modelo económico que necesita crecer continuamente, extraer cada vez más recursos y mantener elevados niveles de producción y consumo, aunque el planeta tenga límites.
Por eso, la respuesta tampoco puede reducirse a soluciones tecnológicas o a «hacer más sostenible» el modelo existente. Afrontar la crisis ecosocial implica transformar las relaciones económicas, sociales y culturales que la generan y avanzar hacia formas de vida que respeten los límites ecológicos, redistribuyan los recursos y sitúen la vida, los cuidados, la justicia y el bienestar colectivo en el centro.
Nos hace pensar en…
La crisis ecosocial nos invita a mirar más allá de los síntomas y preguntarnos por las causas profundas que los relacionan. Nos hace pensar en el Antropoceno, el capitalismo, el decrecimiento, la ecodependencia, el ecofeminismo, los bienes comunes y la justicia social e intergeneracional.
También plantea una cuestión fundamental: si el problema tiene dimensiones ecológicas, económicas, sociales y culturales, ¿podemos resolverlo manteniendo las mismas reglas que lo han generado? Pensar la crisis ecosocial supone imaginar una transición que no consista simplemente en hacer «más verde» el modelo actual, sino en transformar las formas de producir, consumir, repartir, cuidar y relacionarnos con el resto de la trama de la vida.
Una pregunta para el aula
¿Y si muchos de los problemas que vivimos —desde el cambio climático hasta la desigualdad— fueran diferentes caras de una misma crisis?
A partir de ahí podemos preguntarnos:
- ¿Qué relación existe entre una crisis climática, una subida del precio de los alimentos y las desigualdades sociales?
- ¿Quiénes contribuyen más a generar estos problemas y quiénes sufren más sus consecuencias?
- ¿Qué tendría que cambiar en nuestra forma de vivir, producir y consumir para afrontar realmente la crisis ecosocial?
Propuestas educativas
- Individual — «¿Qué hay detrás de…?»
Cada estudiante elige un hecho cotidiano —comprar un móvil, comer un alimento, utilizar transporte, encender la calefacción— y dibuja una cadena que conecte ese acto con recursos naturales, energía, trabajo, cuidados, impactos ambientales y desigualdades. Después identifica qué elementos de esa cadena suelen permanecer invisibles. - Colaborativa — «El mapa de la crisis ecosocial»
En grupos, se colocan en un mural conceptos como cambio climático, biodiversidad, energía, alimentación, desigualdad, cuidados, consumo, migraciones y economía. El alumnado debe establecer conexiones entre ellos y justificar cada relación. Finalmente, se debate qué causas aparecen en el centro del mapa y qué transformaciones podrían romper algunas de esas conexiones. - Visual: Una red de hilos. Cada hilo representa una dimensión de la crisis: clima, biodiversidad, energía, economía, cuidados, desigualdad… Si tiramos de uno, los demás se mueven. La crisis ecosocial nos recuerda que no estamos ante problemas separados, sino ante una red de relaciones que necesita ser comprendida y transformada en su conjunto.
Para seguir
Bibliografía
- Fernández, R. y Hernández, M. (2022). Reflexiones sobre la crisis ecosocial y la necesidad de transformaciones sistémicas.
- Centro de Investigación para la Paz (CIP-Ecosocial). La crisis ecosocial en clave educativa. Guía didáctica para una nueva cultura de paz. Una referencia especialmente útil para trasladar la mirada ecosocial al ámbito educativo.
- Área de Educación de Ecologistas en Acción. Nueva cultura de la Tierra. Una propuesta para comprender las relaciones entre los límites ecológicos, la organización social y las alternativas transformadoras.
LA TRAMA DE LA VIDA
En pocas palabras
La trama de la vida es la red de relaciones que conecta a todos los seres vivos entre sí y con los elementos que hacen posible la vida: el agua, el suelo, el aire, la energía, los microorganismos, las plantas, los animales y las personas. Nada existe completamente aislado: cada ser depende de otros y, al mismo tiempo, contribuye a sostener la vida de los demás.
Esta mirada nos ayuda a superar la idea de que la naturaleza es un escenario exterior a la humanidad o un conjunto de recursos que podemos utilizar. Somos parte de esa trama, y nuestras acciones pueden fortalecerla o deteriorarla. Comprenderla significa reconocer nuestra ecodependencia y asumir que cuidar la vida implica cuidar las relaciones que la sostienen.
Para profundizar
Cuando hablamos de la trama de la vida, hablamos de una red compleja de relaciones en la que cada elemento depende, de distintas maneras, de muchos otros. Un bosque, por ejemplo, no es simplemente un conjunto de árboles: en él intervienen el suelo, el agua, los hongos, las bacterias, los insectos, las aves, otros animales y las condiciones climáticas. Las relaciones entre todos ellos permiten que el ecosistema funcione y se regenere.
Fritjof Capra ha utilizado esta idea para explicar que los sistemas vivos no pueden comprenderse adecuadamente si estudiamos cada elemento de manera aislada. Lo importante no son solamente las partes, sino también las relaciones que mantienen entre sí. Esta mirada cambia nuestra manera de entender el mundo: la vida no funciona como una máquina formada por piezas independientes, sino como una red dinámica de interdependencias.
También las sociedades humanas formamos parte de esta trama. Necesitamos agua, alimentos, energía, materiales, microorganismos, plantas y otros seres vivos para sobrevivir. Nuestra ecodependencia es, por tanto, inevitable. Sin embargo, el modelo económico dominante tiende a invisibilizar estas relaciones y a convertirlas en recursos disponibles para la producción y el consumo.
La crisis ecosocial muestra las consecuencias de romper o debilitar estas conexiones: destruir un ecosistema puede afectar a la biodiversidad, al clima, a la alimentación y también a las condiciones de vida de las comunidades humanas. Por eso, cuidar la trama de la vida implica proteger ecosistemas, pero también transformar las relaciones sociales que permiten su deterioro.
Nos hace pensar en…
Pensar en la trama de la vida cuestiona la idea de independencia sobre la que se ha construido buena parte de nuestra cultura. Nos recuerda que somos seres ecodependientes e interdependientes y que nuestra autonomía siempre se sostiene sobre relaciones que muchas veces permanecen invisibles.
Esta perspectiva conecta con la centralidad de la vida, el biocentrismo, el ecofeminismo, los bienes comunes, la justicia ambiental y el decrecimiento. También abre una pregunta incómoda: si nuestra vida depende de una red de relaciones que compartimos con otros seres, ¿podemos seguir organizando la economía como si esas relaciones fueran infinitas y estuvieran a nuestro servicio?
Una pregunta para el aula
¿Podríamos vivir durante una semana sin depender de ningún otro ser vivo?
A partir de esta pregunta pueden surgir otras:
- ¿De qué seres vivos y elementos de la naturaleza depende nuestra vida cotidiana, aunque no nos demos cuenta?
- ¿Qué ocurre cuando una de las relaciones de esa trama se rompe o se debilita?
- ¿Qué podríamos cambiar en nuestra forma de vivir para fortalecer, en lugar de deteriorar, la trama de la vida?
Propuestas educativas
1. Individual — «Mi hilo invisible»
Cada estudiante elige un objeto cotidiano —un desayuno, una camiseta, un teléfono móvil— y reconstruye las relaciones que hacen posible que llegue hasta sus manos: agua, suelo, energía, materiales, plantas, animales, personas, trabajos y cuidados. Después identifica qué relaciones quedan normalmente ocultas.
2. Colaborativa — «Construimos la trama»
El grupo se coloca en círculo y cada persona representa un elemento de un ecosistema: agua, suelo, árbol, hongo, insecto, ave, persona, etc. Con un ovillo de lana se van conectando las relaciones entre ellos. Una vez construida la red, se introduce una alteración —sequía, contaminación, desaparición de una especie— y se observa qué sucede cuando se tira o se suelta uno de los hilos. La experiencia permite visualizar que alterar una relación puede afectar al conjunto.
3. Cierre visual/emocional
Un gran telar. Cada ser vivo, cada ecosistema y cada relación es un hilo. Ningún hilo contiene por sí solo el dibujo completo, pero todos contribuyen a sostenerlo. Cuando cortamos demasiados hilos, el tejido pierde fuerza.
Somos parte del tejido, no quienes lo contemplamos desde fuera.
Para seguir
Bibliografía
- Capra, F. (1996). La trama de la vida. Una obra fundamental para comprender la vida desde una perspectiva sistémica y relacional, superando la visión mecanicista de la naturaleza.
- Capra, F., & Luisi, P. L. (2014). The Systems View of Life. Una síntesis amplia del pensamiento sistémico y de sus implicaciones para comprender los sistemas vivos.
- Herrero, Y. Sus trabajos sobre ecodependencia, interdependencia y sostenibilidad de la vida permiten conectar el pensamiento sistémico con la perspectiva ecosocial, los cuidados y la justicia.
BIENES COMUNES
En pocas palabras
Los bienes comunes son aquellos elementos, recursos, conocimientos, espacios o prácticas que una comunidad comparte y cuida porque son importantes para la vida colectiva. Pueden ser materiales, como el agua, los bosques, la tierra o las semillas, pero también pueden ser inmateriales, como los conocimientos, la cultura o determinadas formas de ayuda y cooperación.
Pero un bien común no es simplemente algo que «es de todos». Lo importante es que existe una comunidad que se implica en su cuidado, establece acuerdos para utilizarlo y asume responsabilidades compartidas. Desde una mirada ecosocial, los comunes nos recuerdan que hay cosas que no deberían estar sometidas únicamente a la lógica del mercado, porque de ellas depende la vida.
Para profundizar
A menudo pensamos que las cosas solo pueden ser privadas —de una persona o empresa— o públicas —gestionadas por una administración—. Los bienes comunes abren otra posibilidad: aquello que una comunidad comparte y gestiona mediante acuerdos, responsabilidades y formas de cooperación. Un bosque comunal, un sistema de regadío, un banco de semillas, un huerto comunitario o determinados conocimientos pueden ser comunes cuando existen reglas y personas comprometidas con su cuidado. Elinor Ostrom mostró, estudiando experiencias de distintas partes del mundo, que las comunidades pueden crear formas eficaces de autogobierno para gestionar recursos compartidos, siempre que existan acuerdos, participación y mecanismos para resolver conflictos.
Esta perspectiva resulta especialmente importante ante la crisis ecosocial. El agua, el suelo fértil, los bosques, la biodiversidad o el conocimiento son fundamentales para la vida, pero pueden quedar sometidos a procesos de privatización, mercantilización y apropiación. Considerarlos comunes significa preguntarnos quién puede acceder a ellos, quién decide sobre su uso, quién asume los cuidados y qué debemos dejar para quienes vendrán después.
Los bienes comunes también nos recuerdan algo esencial: compartir no significa que todo esté disponible sin límites. Un común necesita normas, participación, cuidados y responsabilidad colectiva. Por eso, hablar de comunes es también hablar de democracia y de justicia.
Nos hace pensar en…
Los bienes comunes nos hacen cuestionar la idea de que todo aquello que necesitamos para vivir puede convertirse en una mercancía. Nos llevan a mirar de otra manera el agua, la tierra, los alimentos, los cuidados, la vivienda, el conocimiento o los espacios públicos.
También conectan con la ecodependencia, la interdependencia, el ecofeminismo, la justicia ambiental, el decrecimiento y la defensa de la vida frente a la mercantilización. En este sentido, los comunes no son solo recursos que compartimos: son también formas de relacionarnos y de organizarnos.
La pregunta de fondo podría ser: ¿qué necesitamos cuidar colectivamente para garantizar una vida digna para todas las personas sin poner en riesgo las bases materiales que la hacen posible?
Una pregunta para el aula
¿Hay cosas que no deberían poder comprarse porque de ellas depende la vida de todas las personas?
A partir de ahí podemos seguir preguntándonos:
¿Qué necesitamos para vivir dignamente y quién decide quién puede acceder a ello?
¿Qué ocurre cuando un bien necesario para la vida se convierte en una mercancía?
¿Qué bien común de nuestro entorno podríamos cuidar y gestionar de otra manera?
Propuestas educativas
Individual — «¿Qué sostiene mi vida?»
Cada estudiante escoge cinco elementos imprescindibles de su vida cotidiana —agua, alimentos, energía, vivienda, cuidados, conocimiento…— y reconstruye todo lo que hay detrás de ellos. ¿Qué naturaleza, trabajos, relaciones y cuidados los hacen posibles? Después identifica cuáles están protegidos, cuáles están privatizados y cuáles permanecen invisibles.
Colaborativa — «Hagamos común un lugar»
El grupo elige un espacio cercano, como un patio, una fuente, un parque, un huerto o una zona verde, y diseña una propuesta para gestionarlo como un común. Tendrá que acordar quién puede utilizarlo, para qué, qué límites son necesarios, quién lo cuida, cómo se toman las decisiones y cómo se resuelven los conflictos. La experiencia permite comprobar que un común no consiste simplemente en «compartir», sino en construir colectivamente reglas, responsabilidades y cuidados.
3. Cierre visual/emocional. Un pozo en medio de un pueblo. Imaginemos un pozo del que depende toda la comunidad. Nadie puede llevarse el agua a casa y cerrar el pozo para sí mismo. Pero tampoco basta con decir que «es de todos»: hay que cuidarlo, acordar cómo utilizarlo, evitar que se contamine y garantizar que siga teniendo agua mañana.
Los bienes comunes nos recuerdan que aquello que sostiene la vida no solo se posee: se comparte, se cuida y se gobierna colectivamente.
Para seguir
Ostrom, E. (1990). Governing the Commons. Una referencia fundamental para comprender cómo diferentes comunidades han gestionado recursos compartidos y cómo la cooperación puede generar instituciones duraderas para su cuidado.
Federici, S. (2019). Reencantar el mundo. El feminismo y la política de los comunes. Una aportación especialmente valiosa para relacionar los comunes con los cuidados, la reproducción de la vida y la crítica a la mercantilización.
Herrero, Y. Sus aportaciones sobre ecodependencia, interdependencia, cuidados y sostenibilidad de la vida ayudan a ampliar la mirada hacia los comunes naturales y sociales desde una perspectiva ecosocial. En el ámbito educativo, sus trabajos sobre educación ecosocial conectan estas cuestiones con el cuidado de la vida.
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