Competencia ecosocial

Aprender para comprender y transformar el mundo.

Hablar hoy de educación sin hablar de la crisis ecosocial resulta cada vez más difícil. El cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el agotamiento de materiales y energía, las desigualdades, las crisis de cuidados, las migraciones, los conflictos o la creciente precarización de la vida no son problemas aislados. Son manifestaciones diferentes de una crisis global que pone en cuestión la forma en que hemos organizado nuestras sociedades y nuestra relación con la trama de la vida.

Ante esta situación, la educación tiene un papel importante. Pero quizá tengamos que hacernos una pregunta incómoda:

¿Para qué queremos educar?

Podemos educar para que las personas se adapten lo mejor posible al mundo que existe. Para que encuentren un empleo, sean productivas, consuman responsablemente y sepan desenvolverse en una sociedad cada vez más compleja.

Pero también podemos educar para comprender críticamente ese mundo, cuestionar aquello que está dañando la vida e imaginar y construir otras formas de vivir.

Es en este segundo camino donde adquiere sentido la competencia ecosocial.

La competencia ecosocial puede entenderse como la capacidad de comprender la realidad desde una perspectiva ecosocial y participar en su transformación hacia sociedades justas, democráticas y respetuosas con los límites de la biosfera.

No hablamos, por tanto, de añadir una nueva asignatura al currículo ni de incorporar unas cuantas actividades sobre cambio climático, reciclaje o consumo responsable.

Tampoco se trata de enseñar al alumnado una colección de comportamientos sostenibles.

La cuestión es bastante más profunda.

Se trata de que las personas aprendamos a leer el mundo: comprender cómo funciona, qué relaciones existen entre sus diferentes problemas, qué papel desempeñamos en ellos, qué intereses y relaciones de poder los atraviesan y qué alternativas podemos construir.

Y también de aprender a intervenir en el mundo.

Porque conocer la crisis ecosocial y sentirse incapaz de hacer nada frente a ella puede conducir al miedo, la impotencia o la resignación. La educación ecosocial necesita alimentar otra posibilidad: la de comprender que la realidad no está completamente escrita y que las personas, organizadas colectivamente, podemos transformarla.

Durante mucho tiempo, una parte importante de la educación ambiental ha puesto el acento en transmitir conocimientos sobre el medio ambiente.

Necesitamos esos conocimientos. No podemos transformar aquello que no comprendemos.

Pero el conocimiento, por sí solo, no garantiza una transformación ecosocial.

Una persona puede conocer perfectamente las causas del cambio climático y seguir participando en un modelo económico que contribuye a agravarlo. Puede conocer la importancia de la biodiversidad y aceptar un modelo de desarrollo que destruye ecosistemas. Puede saber que existen desigualdades enormes y considerar que son inevitables.

Por eso la competencia ecosocial no consiste únicamente en saber.

Implica también aprender a pensar, sentir, valorar, decidir, participar y actuar.

Y hacerlo conectando unas dimensiones con otras.

Comprender la ecodependencia, por ejemplo, nos ayuda a descubrir que nuestras vidas están ligadas a los ecosistemas. Comprender la interdependencia nos recuerda que también necesitamos a otras personas y que los cuidados sostienen nuestras sociedades. Comprender las relaciones de poder permite preguntarnos por qué unos grupos tienen mucha más capacidad para decidir que otros y quién soporta las consecuencias de determinadas decisiones.

Poco a poco, aquello que parecía una colección de problemas separados empieza a mostrar una trama común.

La competencia ecosocial tiene sentido especialmente cuando la relacionamos con la transición ecosocial.

Si estamos atravesando una crisis profunda, no basta con intentar que las personas se adapten a sus consecuencias. Necesitamos aprender a participar en los cambios que permitan construir otras formas de organización social.

Eso significa aprender a identificar problemas, analizar sus causas, buscar información, contrastar discursos, deliberar, tomar decisiones, cooperar, organizarse y poner en marcha iniciativas.

Significa también recuperar algo que la educación ha dejado a menudo en un segundo plano: la capacidad de imaginar futuros diferentes.

Porque resulta difícil transformar aquello que no somos capaces de imaginar.

La transición ecosocial necesita conocimientos científicos y técnicos, pero también necesita imaginación, creatividad, pensamiento crítico, capacidad de diálogo, participación democrática y voluntad colectiva.

Y necesita algo más: esperanza.

No una esperanza ingenua que confía en que las cosas se arreglarán solas, sino una esperanza activa, construida desde la conciencia de que el futuro depende también de lo que hagamos en el presente.

La competencia ecosocial no pretende fabricar un determinado modelo de «persona sostenible». No hay una lista de comportamientos correctos que nos permita colocar a cada individuo en una escala de mayor o menor sostenibilidad.

La pregunta es otra.

Queremos contribuir a formar personas capaces de mirar críticamente la realidad, reconocerse como parte de la trama de la vida, comprender las relaciones que sostienen y deterioran nuestras sociedades, participar en la toma de decisiones y actuar colectivamente para transformarlas.

Personas que no acepten como inevitables las desigualdades, la destrucción de los ecosistemas o la subordinación de la vida a la economía.

Personas capaces de hacerse preguntas incómodas.

De buscar respuestas.

De cambiar de opinión cuando encuentran nuevos argumentos.

De escuchar a quienes piensan diferente.

De organizarse con otras.

De equivocarse y volver a intentarlo.

Y, sobre todo, de comprender que la transformación ecosocial no es una tarea individual.

No podemos reducir la crisis a nuestras decisiones personales de consumo. Hay cuestiones que requieren cambios políticos, económicos, culturales y comunitarios. La competencia ecosocial debe ayudar precisamente a comprender esa dimensión colectiva.

Todo esto plantea un reto importante para la educación.

Si queremos desarrollar competencia ecosocial, no parece suficiente con añadir contenidos ecosociales a un currículo que permanece intacto.

También tenemos que preguntarnos cómo aprendemos.

Una educación que pretende formar personas participativas difícilmente puede basarse exclusivamente en escuchar, memorizar y reproducir.

Necesitamos experiencias en las que el alumnado pueda investigar problemas reales, formular preguntas, contrastar información, debatir, tomar decisiones, cooperar y participar en acciones con sentido.

Necesitamos conectar lo que ocurre en el aula con lo que sucede en el territorio.

Y necesitamos que la propia vida del centro educativo pueda convertirse en un espacio de aprendizaje y transformación: cómo nos relacionamos, cómo tomamos decisiones, cómo gestionamos los conflictos, qué consumimos, cómo utilizamos la energía, cómo cuidamos los espacios y, sobre todo, cómo nos cuidamos y cómo cuidamos aquello de lo que dependemos.

La competencia ecosocial no se aprende únicamente hablando de ella.

Se aprende también practicándola.

Quizá esta sea una de las ideas fundamentales.

A menudo decimos que tenemos que preparar al alumnado para «el mundo del futuro». Pero el futuro no es un lugar al que llegaremos inevitablemente.

Está abierto.

Y se construye a partir de las decisiones, conflictos, luchas, acuerdos y acciones que desarrollamos en el presente.

Por eso educar para la transición ecosocial significa ayudar a niñas, niños, jóvenes y personas adultas a comprender que no están únicamente ante un mundo que deben aprender a habitar.

También tienen la posibilidad —y la responsabilidad— de participar en su transformación.

Gutiérrez-Bastida, J. M. (2022). Competencia ecosocial. Crisis global, transición ecosocial y educación. Bubok. https://bit.ly/CompEcosoc_Blog

JoseManu, agosto 2026.