¿Educación ecosocial?

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Comenzamos un nuevo proyecto con este blog. En medio de tiempos convulsos y reivindicando que, si alguna vez fue necesaria la educación ecosocial , hoy es radicalmente indispensable.

La idea de que la evolución de la ciencia y la tecnología (antropocéntricas) estimula y promueve el progreso del sistema económico está muy extendida. La educación es otra forma de asegurar este desarrollo. De esta manera, la educación en ciencia y tecnología es impulsada por la rentabilidad de los valores, la calidad y la eficiencia del paradigma sociocultural industrial. La educación en ciencia y tecnología nos abre el conocimiento al saber y a la comunicación del patrimonio cultural (conceptos, teorías, procesos, etc.), cubre así un aspecto elemental de la educación. Sin embargo, esta educación científica y tecnológica, por sí sola, no es propicia para otra función de la educación, la del autodesarrollo de la conciencia de la persona como ciudadana activa, participativa y creativa.

Actualmente, la propia educación es un grave problema. Mercantilizada al servicio del pensamiento único, del crecimiento económico y del consumismo, se enfoca al aprendizaje de los conocimientos, habilidades y actitudes necesarias con el objetivo final de la incorporación a la vida laboral. La educación ecosocial rechaza frontalmente el enfoque instrumental neoliberal y mercantilista, el sistema competencial impuesto por las entidades custodias del capitalismo (OCDE, BM, FMI, OMC…) y la competitividad que impulsa. Un ideario que se aleja cada vez más de lo que proponen instituciones referentes como la Unesco en los cuatro pilares de la educación, del Informe Delors (La Educación encierra un tesoro) o en Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, de Morin.

El Informe Delors (Unesco, 1996) compendiaba la educación integral en cuatro aprendizajes básicos: aprender a aprender (a conocer y a obtener instrumentos para la comprensión del mundo), aprender a ser (a ser personas), aprender a hacer (a actuar e influir en el entorno) y aprender a convivir (a vivir juntos). La EA añade un quinto aprendizaje: aprender a pensar y a actuar para transformar la realidad. Esto es, un aprendizaje que encienda la indignación ante las situaciones injustas sociales y ecológicas y que le oriente hacia la reflexión, el compromiso y la acción transformadora a favor de la justicia social y la sostenibilidad de la vida.

La inclusión de la ética ecosocial como un proceso de reflexión sobre la articulación de nuestra actividad con los otros elementos de la biosfera, abre la puerta a esta función de autodesarrollo. A partir del análisis crítico de los valores transmitidos por la ciencia y la tecnología antropocéntricas y de la construcción de una nueva ética ecosocial es posible promover la sensibilización ciudadana y la abstracción acerca de su papel activo, participativo y movilizador dentro de la sociedad.

En esa construcción ética, la educación tiene un valor y un poder básico. Es un pilar en la cimentación de sociedades sustentables. «La educación ha de ser la piedra angular de la transición a una civilización postcapitalista» sentencia Díaz-Salazar (2016). El Homo sapiens no ha realizado todo el trayecto de su evolución con el fin de dedicar su tiempo al trabajo y al consumismo. Por el contrario, trata de desarrollar para sus capacidades vivir con plenitud y ser feliz consigo y con los suyos. Quizás se pueda buscar la felicidad y vivir bien acumulando bienes, no obstante, desde el momento en que somos capaces de advertir lo profundo de la crisis ecosocial y de las consecuencias de nuestro modo de vida, es imposible ser plenamente dichoso o dichosa.

Prepararse para la Gran Transición Ecosocial entraña trabajar en distintas dimensiones. De un lado, representa cuestionar las principales señas de identidad de la cultura hegemónica, rechazar los modelos conceptuales vigentes que han llevado al colapso a la Humanidad. De otro, hay que reconsiderar la mayoría de nuestros vínculos con la biosfera y sus elementos, así como nuestras formas de organización social para provocar transformaciones que van mucho más allá de las superficiales medidas de los reajustes económicos y políticos previstos por instituciones, clase política tradicional y mercado. Además, también significa realizar cambios individuales y ceder en nuestra comodidad, riqueza y lujo. Disponerse para la Gran Transición Ecosocial es renunciar a parte de ese confort que nos es cotidiano y agradecemos, pero cuyas consecuencias ponen en riesgo la vida en el planeta. Estamos enfrentados a una crisis civilizatoria sin igual y esta exige cambios radicales en muchas esferas y a muchos niveles. Por ello, se hace imprescindible formar a quienes van a participar en la construcción de estas nuevas sociedades. Una tarea educativa fundamental a la que deben contribuir personas, colectivos, proyectos políticos, movimientos sociales, sistemas educativos, centros escolares, enseñantes, sindicatos y, por supuesto, quienes aprenden. Necesitamos desaprender y reaprender, deconstruir y reconstruir, deshacer y rehacer. Para cumplir este fin, sin duda, la educación necesita sufrir un cambio radical, regenerarse con y desde los cambios sociales, políticos y económicos que conlleva el postcapitalismo.

Necesitamos recrear una educación que ayude a las personas a buscar su felicidad dentro de la comunidad. La educación debe ayudar a generar personas felices, buenas y creativas, que con su conocimiento y experiencia sepan que pueden contribuir a cambiar el mundo, a forjar un mundo mejor y a ser felices en el proceso. Es imprescindible una nueva educación que cambie el fervor por la acumulación, el ansia de poder, los fanatismos religiosos y los conflictos armados por la solidaridad, el respeto al diferente, la justicia y la paz.

La educación como pilar de la transición social hacia una ecociudadanía global es una educación cimentada en valores éticos ecosociales y comprometida con los cambios sociales y culturales que nos lleven a construir nuevas sociedades.

Es importante que los individuos sean educados en el respeto del medio ambiente y el rechazo del desperdicio. Sin embargo, el verdadero nudo está en otra parte: el cambio de las estructuras económicas y sociales capitalistas-mercantiles, el establecimiento de un nuevo paradigma de la producción y la distribución, fundado […] en la consideración de las necesidades sociales, en particular, la necesidad esencial de vivir en un medio natural no degradado. Un cambio que exige actores sociales, movimientos sociales, organizaciones ecológicas, partidos políticos y no solamente individuos de buena voluntad (Löwy, 2012).

Bauman, en su obra Los retos de la educación en la Modernidad Líquida (2005), nos ayuda a pensar la vida en esta sociedad, en estos tiempos llenos de incertidumbres. Las paredes de los centros educativos se han visto traspasados por los deseos individuales y colectivos, de carácter inmediato e impreciso, que ha fraguado la comunidad. Entre los condicionamientos, la educación ha pasado a ser un producto efímero y ajustado al uso instantáneo, «una cosa que se consigue completa y terminada» (Bauman, 2008). El filósofo polaco fallecido en recientes fechas —según pergeñaba estas líneas—, apunta que en educación ha permeado el síndrome de la impaciencia, un fenómeno donde el tiempo se ha convertido en un fastidio, una contrariedad, un desaire a la libertad humana, una amenaza a los derechos humanos, una expresión que anula la educación lenta. Las consecuencias de esto para los habitantes de la Modernidad líquida son claras: a una notable cantidad de estudiantes les angustia tener que esforzarse. En un mundo de acelerados mensajes cambiantes, la trascendencia de ciertos conocimientos escolares queda en cuestión. Como consecuencia de todo ello la tarea de los y las docentes no es nada fácil:

En el pasado, la educación adquiría muchas formas y demostró ser capaz de ajustarse a las cambiantes circunstancias, fijándose nuevos objetivos y diseñando nuevas estrategias. Pero lo repito, el cambio actual no es como los cambios de pasado. En ningún otro punto de inflexión de la historia humana los educadores debieron afrontar un desafío estrictamente comparable con el que nos presenta la divisoria de aguas contemporánea. Sencillamente, nunca antes estuvimos en una situación semejante. Aún debemos aprender el arte de vivir en un mundo sobresaturado de información. Y también debemos aprender el aún más difícil arte de preparar a las próximas generaciones para vivir en semejante futuro mundo (Bauman, 2008).

La educación ecosocial trata el modelo consumista con perspectiva ecosistémica; lucha contra la destrucción de la naturaleza y los conflictos bélicos; alimenta la cultura de la sostenibilidad; contesta la violación de los derechos humanos, la desigualdad y el empobrecimiento; analiza la discriminación por género, discapacidad, identidad, origen, religión o cultura e impulsa el ideal de emancipación y de empoderamiento de la infancia; erradica la indiferencia y provoca la indignación; desnuda el capitalismo explotador, la precariedad laboral, las migraciones forzadas y las crisis de los cuidados, etc.

El reto del cambio es ético, es la construcción de una ética ecosocial. Una educación ética refuerza la conciencia de que cada quien es responsable de sus actos y enseña a las personas a plantearse desde la infancia si su conducta se ajusta a los valores de la sociedad. Por esto, las causas y consecuencias de los problemas ecosociales deben formar parte de los programas educativos, así como la propuesta y puesta en práctica de alternativas. Al igual que la EA reivindicaba en el Foro Global Ciudadano de la Cumbre de Río de 1992, la educación ecosocial no es neutra, es ideológica. La educación ecosocial constituye un acto político, basado en valores que inspiran una transformación ecosocial que dé lugar a ecociudadanos y ecociudadanas empoderadas, libres, solidarias, integradas en movimientos sociales y tejiendo redes comunitarias.

Un currículo ecosocial ofrece cobijo a las invisibilidades del currículo oficial (las mujeres, las personas migrantes, las causas de la crisis, las consecuencias del modelo social, la crisis ambiental, etc.). Organiza los contenidos en torno a la crisis global y los problemas ecosociales como los objetos de estudio a desarrollar con el alumnado. Metodológicamente, cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje sobre las problemáticas ecosociales debe partir de los conocimientos y concepciones previas de los y las estudiantes, del conocimiento cotidiano formado por sus aprendizajes y experiencias en su contexto habitual. La interdisciplinariedad, la necesaria contextualización, la visión holística y el enfoque sistémico, la cooperación y el trabajo colectivo, la orientación del aprendizaje a la acción, el principio de precaución, el azar y la incertidumbre, la participación, el protagonismo del alumnado y el desarrollo del pensamiento crítico son elementos básicos del desarrollo curricular ecosocial. Un currículo ecosocial propone al alumnado una perspectiva compartida del mundo y del lugar del ser humano en él, una cosmovisión cuyos pilares sean la justicia ecosocial y la sostenibilidad de la trama de la vida, el desarrollo de capacidades innovadoras con el fin de actuar e interactuar en el contexto social y, finalmente, acercarse a la indignación y el activismo social.

La educación necesita de educadoras y educadores. Educar es un proceso, a veces simple, a veces complejo, y en todo caso maravilloso. Todas las personas, solo por nuestro modo de actuar, somos educadoras. Pero, dado que no aprendemos las cosas de manera definitiva, sino que constantemente estamos aprendiendo —incluso de los educandos—, toda persona educadora es a su vez educanda. Al fin y a la postre somos ignorantes en la mayoría de los campos.

Atender a las necesidades e intereses de quien aprende nos obliga a que le enseñemos a pensar acerca de sí mismo o misma, sobre los demás. Con ello favorecemos su capacitación para relacionarse con otras personas y con su entorno social y ecológico, su empatía con los problemas ecosociales y situarse en el lugar de los otros. Consecuentemente, estamos preparando al educando o educanda al objeto de pensar y actuar en el mundo y con el mundo.

Definitivamente, necesitamos de una nueva educación, una educación para cambiar el mundo, una educación que ponga en evidencia las desigualdades y las tensiones sociales y ecológicas entre lo que es y lo que debería ser. La educación implicada en la transformación ecosocial revela una renovada cosmovisión del universo y una ética ecosocial donde los humanos desarrollan sus capacidades y aptitudes plenamente, viven en armonía en y con la biosfera, cuidan los vínculos con las demás personas y seres vivos, todo lo cual da acceso al fin último de la educación: ser felices.

Gutiérrez Bastida, J.M. (2018). Educatio ambientalis. Invitación a la educación ecosocial en el Antropoceno. Madrid: Bubok.

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