Viento Sur. 23/06/2020 | Maitane Arri, Marije Etxebarria y JoseManu Gutiérrez Lur ha vuelto a clase esta mañana. Hacía más de dos meses que no pisaba ese espacio cotidiano de conocimiento, normas, amistades, docentes, camaradería, amores, etc. Una vuelta a un territorio lleno de emociones. Pero, esta vez, las impresiones son encontradas. Ahora, llega a la puerta, tiene que esperar su turno, a la distancia reglamentada, contenta y expectante, viendo el nuevo look de sus compas con la mascarilla, buscando miradas, guiños cómplices que va aprendiendo desde que llevan la boca tapada, un poco tensionada por cómo van a ir las … Continúa leyendo Arri, Etxebarria y JMGB (2020) Pandemia, crisis ecosocial y educación
La crisis civilizatoria que afecta al planeta, que incluso ha propiciado un cambio de era geológica al Antropoceno, nos dirige hacia el colapso. Las razones profundas de dicha problemática están enraizadas en una visión antropocéntrica del mundo. Este trabajo caracteriza el antropocentrismo como causa de la crisis y apunta a una nueva ética ecosocial considerada clave para transitar en dirección a un porvenir ecológicamente equilibrado y socialmente justo. Una ética apoyada en los principios de ecodependencia e interdependencia de la existencia del ser humano que guie la superación de los problemas ecosociales del siglo XXI y el tránsito hacia otro … Continúa leyendo JMGB (2019) Antropoceno: tiempo para la ética ecosocial y la educación ecociudadana
Creo, por numerosas encuestas y eurobarómetros, que una mayoría significativa de la población considera que el modelo de producción y consumo hegemónico nos lleva de manera acelerada por un camino realmente insostenible. Tan es así, que numerosos agentes educativos coincidieron en la necesidad de crear programas para sensibilizar a la ciudadanía y fomentar un modelo de vida más sostenible. La Educación Ambiental (EA), con mayor o menor éxito, lleva haciéndolo en su corta historia de 50 años.
En este contexto, una de las referencias más relevantes en todo el mundo, el primero que nos viene a la mente, es la adopción por parte de la Asamblea de la ONU, en 2015, de la Agenda 2030 que incluye 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Objetivos que, según la Declaración, deberían ser una prioridad para todos gobiernos y ciudadanía para el 2030. La Declaración, en su punto 33 cita: “Reconocemos que el desarrollo social y económico depende de la gestión sostenible de los recursos naturales de nuestro planeta” y que, por tanto, hay que preservarlos. La gran mayoría de los problemas ambientales, además de dañar los ecosistemas, están relacionados con problemas que afectan la salud humana y el sustento de numerosas poblaciones humanas. Es decir, que los problemas son ecosociales.
La ciencia parece coincidir en que hemos atravesado el umbral de una nueva era geológica llamada Antropoceno. Una nueva época caracterizada por el asentamiento sedimentario fósil de restos derivados del metabolismo industrial de la actividad humana. Clase política e instituciones globales prevén con seguridad que los acuerdos políticos, los incentivos económicos y las soluciones tecnológicas no van a ser suficientes para abordar el Antropoceno. Para crear un mundo más justo, más pacífico y sostenible, todos los individuos y las sociedades requieren un esfuerzo colectivo y aquí es donde la Educación para el Desarrollo Sostenible, la Educación Ambiental para la Sostenibilidad o la Educación Ecosocial tienen un papel crucial que desempeñar, construyendo conocimientos, desarrollando competencias, estableciendo nuevos valores y educación para la acción transformadora.
Si acordamos que debemos llevar a cabo acciones transformadoras que creen espacios de transición hacia sociedades más justas y más equilibradas ecológicamente, necesitamos también una transición educativa. Una transición que nos haga salir del concepto instrumentalista de la educación que han impuesto en las últimas décadas la OCDE, el FMI o el BM, para lograr personas más formadas que educadas, para integrarse al mercado de empleo.
Introducción El metabolismo industrial del sistema dominante de producción y consumo impacta en todo el planeta hasta el punto de sumergir a la sociedad mundial en una grave crisis ecosocial, multidimensional y global. El cambio climático es el ejemplo paradigmático, su impacto futuro estará condicionado por las decisiones presentes (individuales, colectivas, políticas, económicas, culturales, etc.). Así pues, la crisis climática es un problema que debemos afrontar y enfrentar ayudando a las sociedades, a través de la formación de sus miembros, a una toma adecuada de decisiones que faciliten su mitigación y también la adaptación a sus efectos. La magnitud de … Continúa leyendo Competencia ecosocial para la sostenibilidad. Propuesta de #EA26
REVISTA DIVERSIDADE E EDUCAÇÃO Sumário Expediente Joanalira Magalhães 10.14295/de.v8iEspeciam.11072 PDF1 – 4 Apresentação: Propuestas desde las Pedagogías feministas para despatriarcalizar la Educación. Maria Teresa Bejarano Franco, Irene Martínez Martín 10.14295/de.v8iEspeciam.11044 PDF5 – 9 “Soy feminista me avergonzaría de no serlo, porque toda mujer que piensa debería sentir el deseo de colaborar, como persona de la obra total de la cultura humana. Y eso es lo que para mí significa, en primer término, la educación de las mujeres: el derecho que la mujer tiene a la demanda de trabajo cultural, y el deber que en la sociedad se halla de otorgárselo. … Continúa leyendo Propuestas desde las Pedagogías feministas para despatriarcalizar la educación
Creo que hay dos factores a tener en cuenta, que todavía no han llegado: la duración de la situación de emergencia y la filosofía de las medidas económicas que se tomen. Entre estas últimas, se vislumbran, por una parte, una vuelta de tuerca al neoliberalismo, capaz de adaptarse a cualquier situación y de decir que es la solución más que la causa de los problema y, por otra, unas políticas auspiciadas por una mayoría de ministras y ministros de medio ambiente, ecología o transición ecológica europeas cercanas a un Green New Deal. En tercer lugar, estaría una rotunda respuesta ecosocial ante lo que ha pasado y lo que queremos que sea el futuro, pero me temo que necesite más tiempo.
Sin estos dos importantes datos, a los que se suman entre otros, el estado de shock compartido en el que se encuentra quien esto escribe, me atrevo a intentar contestar a dichas cuestiones con una serie de conclusiones parciales, inconclusas y con más sentimiento que neurona. Y lo intento hacer desde lo que uno ha vivido en educación ambiental muchos más años de los que nunca hubiera pensado. Con todas estas salvaguardas que, espero, ayude al entendimiento de quien esto lee, comenzamos:
La educación ambiental antes de la crisis sanitaria, a mi entender, trataba de ayudar –educar– a las personas a reconocer la crisis ecosocial global que sufre la vida del planeta para que pudiesen conocer sus posibilidades de participación en la solución y ejecutar acciones ecosociales transformadoras tanto individual como, sobre todo, colectivamente.
La crisis ecosocial global no solo no ha desaparecido con la emergencia sanitaria, sino que es causa y colaboradora necesaria en el desarrollo de la pandemia. Seguimos en el Antropoceno, por tanto, el objeto de trabajo de la educación ambiental sigue ahí enfrente y nos necesita aquí, luchando, educando.
La educación se dirige a las personas y ellas están ahí, sufriendo la crisis y la emergencia, por tanto seguimos teniendo a quien ayudar.
Esta educación ecosocial que trato de desplegar en distintos ámbitos se desarrolla en fases que durante muchos años explicaba, ahora adaptado, de la siguiente manera. El progreso en la educación ambiental se da de la misma manera que lo cotidiano. Un día, te levantas y al entrar en la ducha notas que no hay agua caliente. Témpanos de hielo recorren tu piel (sensibilización o indignación). Piensas necesariamente que algo pasa, que hay un problema. Sales a ver qué sucede, si funciona la caldera, si está encendida, examinas el manual, etc. (búsqueda y adquisición de conocimiento). Ves que eres parte del problema, te hielas, pero parte de la solución, puedes hacer algo (toma de conciencia). Y, tras conocer la causa del problema, barajar distintas posibilidades y ver cuales están en mi mano (empoderamiento), realizas las tareas necesarias individualmente o con la ayuda de alguien para solucionarlo (acción transformadora individual y colectiva).
Estas son, pues, sin entrar en mucho detalle, las fases del proceso educativo en el nuevo contexto:
Indignación. Esta crisis ha sacado a la luz las aristas más duras de la crisis ecosocial global. Nuestra labor, como educadoras y educadores ambientales es desarrollar la pedagogía de la indignación (Freire), que recuerde que las personas no somos objetos de la Historia, sino también sujetos de la misma: nuestra presencia en el mundo implica elección y decisión, no es una presencia neutra. Indignarse significa afectarse psicológicamente (irritarse, enfadarse, molestarse…) contra lo que es injusto o indigno. Y las causas de la crisis ecosocial global son absolutamente injustas e indignas. “Necesitamos estar indignados, muy indignados” afirma Naomi Klein.
Conocimiento. Conozcamos las causas y las consecuencias de la problemática sanitaria y ecosocial, cómo afecta a personas y ecosistemas, cómo afecta más a una personas que a otras, qué tipos de soluciones se están implementando o proponiendo, cuáles son los agentes que participan, valoremos críticamente si las medidas son adecuadas o sólo favorecen a una parte de la población, si se está trabajando en prevención, etc.
Concienciación. Mientras la sensibilización nos acerca al problema, la concienciación es un proceso personal, ético y moral, que nos involucra de lleno en él: soy parte del problema, luego soy parte de la solución. Debo y quiero actuar.
Empoderamiento. Para poder actuar en la sociedad debo conocer mis derechos, mis posibilidades de participación, cómo hacerlo, etc. Empoderarse es adquirir la capacidad para actuar en la transformación del mundo.
Acción ecosocial transformadora. Es la puesta en práctica del empoderamiento. Es la realización de actuaciones, individuales y colectivas, que transforman realidades, que mejoran la vida de las personas, que ayudan a desarrollar vidas dignas de ser vividas.
Durante la emergencia sanitaria o al finalizarla, nos toca ayudar a arraigarnos y explorar los límites de nuestros cuerpos y los del planeta; a repensar el mundo; a aprender a sobrellevar el duelo en situaciones de confinamiento; a colaborar en el cambio del modelo de cuidados; a experimentar cómo vivir con lo suficiente; a cambiar el modelo socioeconómico por otro más justo, ecológico y democrático; a reconstruir las políticas y sistemas de salud pública; a crear modelos sociales equitativos e inclusivos; a robustecer los sistemas de protección social (protección al desempleo, garantía de ingresos mínimos o desmercantilización de la vida –salud, educación, transporte…–, protección universal…); a desarrollar la cultura del reparto, de la equidad y de la solidaridad; a apoyar políticas públicas basadas en la precaución y el cuidado; a reflexionar críticamente y diseñar estrategias sostenibles de presente y de futuro; a insistir en la relación salud–medio ambiente; a estimular el no volver a la “normalidad” sino a transitar juntos hacia el nuevo escenario por el que queremos y por el tenemos que trabajar; a reconocer los vínculos con las otras personas y con otros seres vivos (ecodependencia e interdependencia); a denunciar el greenwashing; a formar formadores y formadoras; a trabajar mejor con el azar y la incertidumbre; a distinguir entre los intereses generales y los de las grandes corporaciones.…
Y toca también, reconocer y aprovechar los aprendizajes realizados durante el confinamiento: que el sistema de producción y consumo se puede detener; la revalorización de los vínculos sociales (interdependencia), tanto familiares como de amistades; la necesidad vital de contacto con la naturaleza; la valoración de los servicios públicos y de las políticas –necesitadas de financiación en forma de impuestos–; el ajuste del consumo (ecodependencia) y la necesidad de decrecer material y energéticamente; la creación de redes solidarias para ayudar a los colectivos dependientes o vulnerables; el (re)descubrimiento del vecindario y de lo cercano; el aprecio de empleos que hasta ahora no eran reconocidos; el reconocimiento de la feminización de los cuidados; la valoración de la producción agrícola e industrial local; el vínculo entre salud y educación ambiental; la necesidad de desarrollar la resiliencia necesaria que nos permita afrontara en mejores condiciones futuras emergencias; el decrecimiento material y el posible colapso civilizatorio…
En todo caso, la educación ecosocial que viene no tendrá éxito si no se articula con los movimientos sociales, políticos y culturales más allá de las instituciones. Para ello, frente a las actuales articulaciones de competencia hay que establecer relaciones de complementariedad y de sinergia, que optimizan y mejoran las acciones de cada agente social. Estos deben compartir el diagnóstico de la situación y desde cada visión se aportan manos y propuestas a la necesaria transformación ecosocial: agroecología, ecofeminismo, sindicatos, cooperativas energéticas, ayuda a inmigrantes, soberanía alimentaria, economía ecosocial… Y no será fácil. El poder de las élites del sistema socioeconómico hegemónico es inmenso, su capacidad de adaptación y justificación a las nuevas situaciones es extraordinario y las fuerzas de la oposición radical son muy modestas.
La ley de educación debe apuntalar el desarrollo de una competencia ecosocial que, basada en el reconocimiento de nuestra ecodependencia e interdependencia, incremente la resiliencia de nuestro alumnado, de las comunidades educativas, ante nuevas emergencias, el decrecimiento material y el previsible colapso civilizatorio.
El profesorado necesita urgentemente formación y ser competente e educación ecosocial. Ello conlleva las necesarias partidas presupuestarias y equipos formativos realmente preparados.
¿Educación ecosocial tras la crisis sanitaria? (2/3)
Sin embargo, no todo han sido malas noticias. A pesar de todo, algunos aspectos han brillado con luz propia en la noche vírica:
Interdependencia. Esta crisis ha visibilizado los aspectos más invisibles de la sociedad neoliberal: “las relaciones de interdependencia debidamente encerradas en el oscuro espacio del hogar o tras los muros de instituciones específicamente diseñadas para su invisibilización, como el hospital u otras instituciones terapéutica” en palabras de Marina Garcés (2013).
Ecodependentes y dependientas. La emergencia sanitaria ha reconocido multitud de profesiones infravaloradas: dependientas, cajeras, reponedoras, limpieza, trabajadoras domésticas…, incluso el de las personas que trabajan en agricultura, ganadería o transporte. Trabajos que no pueden dejar de hacerse. Y ha visibilizado la feminización de la mayoría de estos trabajos.
Revaloración de lo público, servicios públicos. La anterior crisis permitió a las corporaciones financieras amasar inmensos beneficios a costa de reducir o privatizar erario público. La mengua del Estado ha sido objetivo de deseo del capital para poder imponer sus normas mercantiles sin limitaciones legales, sociales o ecológicas. Ahora, cuando la tormenta arrecia, vemos hasta qué punto lo público adquiere importancia no solo como boya de orientación, sino como salvavidas. Hoy, se visualiza la necesidad de lo público, de una excelente red sanitaria pública como garante de la seguridad en salud, y los errores cometidos no hace tanto tiempo. El personal sanitario está haciendo una labor arriesgada, limitada por la escasez de recursos, digna de bastante más que los aplausos a las 8 de la noche.
Vecindario. Hemos pasado del saludo al coincidir en el portal o en el ascensor, a descubrir a nuevas y nuevos vecinos. Nos miramos solidarias y sorprendidas, nos hacemos guiños cómplices. Incluso, se han organizado redes, fundamentalmente de jóvenes, que llevan las compras a las personas más vulnerables creando nuevos vínculos donde no los había. Se valora al frutero, a la panadera, a la cajera de la tienda y se prefiere comprar ahí porque algo de economía hemos aprendido y preferimos que la ganancia quede y repercuta “en casa” (si bien es cierto que las compras por Internet, de productos no básicos, se han multiplicado sin límite aparente).
Emisiones de CO2 y contaminación. Los informes avanzan que la reducción drástica del tráfico se está traduciendo en una mejora sin precedentes de la calidad del aire, muy por debajo de los límites legales y las recomendaciones de la OMS. Sin embargo, debemos entender que esta reducción de la contaminación se ha producido en el marco de una situación extrema, no planificada ni acordada y en absoluto deseable, que está provocando muertes y graves problemas a muchísimas personas. Pero, en todo caso, sí hay un mensaje claro: “Humanos, no sois necesarios para la vida. Aire, agua y tierra brillan como antaño y fauna y flora reverdecen en vuestra ausencia”.
El movimiento #EA26QuédateEnCasa o la Sinapsis Ambiental del CEDREAC han intentado mantener el debate y que la educación ambiental no pierda protagonismo en las redes sociales. Y el Ceneam sigue ofreciendo su gran base documental.
¿Y cuál es el papel de la educación ambiental en todo esto? ¿Qué futuro nos depara la pandemia y su reguero de muertes y sufrimiento o el propio confinamiento?
¿Educación ecosocial tras la crisis sanitaria? (1/3)
Estas líneas responden a una necesidad vital de sentir las neuronas trabajando, de intentar entender y comprender la realidad líquida que nos envuelve. Por tanto, están alejadas de un exhaustivo análisis y están vinculadas a un montón de emociones y sentimientos contradictorios que no ayudan a aclarar lo que cabía expresar. La falta de distancia y perspectiva temporal tampoco han ayudado. Surgen a partir de las dudas generadas en torno al (¿nuevo?) papel de la educación ambiental en el post–coronavirus que han animado los debates en redes sociales y conversaciones varias.
Con todas estas salvaguardas (excusatio non petita…), animo a quien lea estas líneas a comentarlas, rebatirlas, complementarlas, etc. Todo ello servirá para encauzar los próximos pasos de la educación ambiental.
Las vamos a publicar en tres partes, para que sea más digerible.
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“Lo diabólico de los números es lo sencillos que son”. El diablo de los números (Enzensberger, 1997)
Y los números de estos días son terriblemente diabólicos. No es fácil imaginar que en este país han fallecido más personas por la COVID–19 (según datos oficiales, que no reales) que las que caben en el campo de fútbol más grande del mundo, en tan solo mes y medio. Personas con nombre y apellidos, personas con familia y amigos, personas con historia e ilusiones de futuro.
Más del 90% de estas cifras, vivieron la guerra o la postguerra, sufrieron la dictadura, trabajaron duramente para dar carrera a sus descendientes –esas que hoy les intentan curar o cuidar–, compartieron su pensión en crisis generada por la estafa de 2008, cuidaban hasta hace poco de las nietas y nietos, etc. Es el colectivo que, dentro de todas las personas afectadas, sufre durísimamente en sus pulmones las políticas de austeridad y los recortes de los servicios públicos decretados para “salvar” a las empresas financieras en la crisis reciente.
Muchas y muchos colegas del campo de la educación ambiental se preguntan qué va a pasar tras esta crisis sanitaria, qué va a ser de la educación ambiental cuando sus empleadas y empleados no se han recuperado del varapalo de la anterior crisis o, en el mejor de los casos, tuvo que desertar para cobijarse en otros empleos. En esos tiempos, cuando la nueva ley de educación había abierto algún pequeño resquicio al aire fresco y está en plena construcción el Plan de Acción de Educación Ambiental para la Sostenibilidad, la educación ambiental transmuta de nuevo en etérea tras un espejismo de visibilidad.
Esta pandemia deja un montón de cifras diabólicas y algunas lecciones a tener en cuenta para cuando volvamos a poder abrazarnos. Vayamos con algunas de ellas:
Comenzamos un nuevo proyecto con este blog.En medio de tiempos convulsos y reivindicando que, si alguna vez fue necesaria la educación ecosocial , hoy es radicalmente indispensable.
La idea de que la evolución de la ciencia y la tecnología (antropocéntricas) estimula y promueve el progreso del sistema económico está muy extendida. La educación es otra forma de asegurar este desarrollo. De esta manera, la educación en ciencia y tecnología es impulsada por la rentabilidad de los valores, la calidad y la eficiencia del paradigma sociocultural industrial. La educación en ciencia y tecnología nos abre el conocimiento al saber y a la comunicación del patrimonio cultural (conceptos, teorías, procesos, etc.), cubre así un aspecto elemental de la educación. Sin embargo, esta educación científica y tecnológica, por sí sola, no es propicia para otra función de la educación, la del autodesarrollo de la conciencia de la persona como ciudadana activa, participativa y creativa.
Actualmente, la propia educación es un grave problema. Mercantilizada al servicio del pensamiento único, del crecimiento económico y del consumismo, se enfoca al aprendizaje de los conocimientos, habilidades y actitudes necesarias con el objetivo final de la incorporación a la vida laboral. La educación ecosocial rechaza frontalmente el enfoque instrumental neoliberal y mercantilista, el sistema competencial impuesto por las entidades custodias del capitalismo (OCDE, BM, FMI, OMC…) y la competitividad que impulsa. Un ideario que se aleja cada vez más de lo que proponen instituciones referentes como la Unesco en los cuatro pilares de la educación, del Informe Delors (La Educación encierra un tesoro) o en Los siete saberes necesarios para la educación del futuro, de Morin.
El Informe Delors (Unesco, 1996) compendiaba la educación integral en cuatro aprendizajes básicos: aprender a aprender (a conocer y a obtener instrumentos para la comprensión del mundo), aprender a ser (a ser personas), aprender a hacer (a actuar e influir en el entorno) y aprender a convivir (a vivir juntos). La EA añade un quinto aprendizaje: aprender a pensar y a actuar para transformar la realidad. Esto es, un aprendizaje que encienda la indignación ante las situaciones injustas sociales y ecológicas y que le oriente hacia la reflexión, el compromiso y la acción transformadora a favor de la justicia social y la sostenibilidad de la vida.
La inclusión de la ética ecosocial como un proceso de reflexión sobre la articulación de nuestra actividad con los otros elementos de la biosfera, abre la puerta a esta función de autodesarrollo. A partir del análisis crítico de los valores transmitidos por la ciencia y la tecnología antropocéntricas y de la construcción de una nueva ética ecosocial es posible promover la sensibilización ciudadana y la abstracción acerca de su papel activo, participativo y movilizador dentro de la sociedad.